Kathy_Reichs_-_Brennan_02_-_La_Huella_Del_Diablo.pdf

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Kathy Reichs.
LA HUELLA DEL
DIABLO.
KATHLEEN J. REICHS
LA Huella del Diablo
Todos los personajes que aparecen en este libro son ficticios y fueron creados por la
imaginación de la autora. La acción se desarrolla en Montreal (Canadá), Charlotte (Caro-
lina del Norte) y otras poblaciones. La autora menciona algunos lugares e instituciones re-
ales, si bien tanto los personajes como los hechos que se describen pertenecen por completo
al terreno de la ficción.
AGRADECIMIENTOS
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KATHLEEN J. REICHS
LA Huella del Diablo
Deseo dejar constancia de mi especial agradecimiento al doctor Ronald Coulombe, es-
pecialista en incendios; a Carole Péclet, especialista en química, y al doctor Robert Dorion,
responsable del Departamento de Odontología, Laboratorio de Ciencias Jurídicas y Medicina
Legal, y a Louis Metivier, del Departamento del Forense de la provincia de Quebec, por haber
compartido sus conocimientos conmigo.
El doctor Walter Birkby, antropólogo forense de la Oficina Forense de Pima County
(Arizona), me proporcionó valiosa información acerca de la recuperación de restos calcina-
dos. El doctor Robert Brouillette, jefe de los departamentos de Medicina de Neonatos y Medi-
cina Respiratoria del hospital infantil de Montreal me ayudó aportando importantes datos so-
bre el crecimiento en la infancia.
Agradezco a Curt Copeland, forense del condado de Beaufort; Cari Me Cleod, jefe de
policía del condado de Beaufort, y al detective Neal Player, del Departamento del Sheriff del
condado de Beaumont, la valiosa colaboración prestada. El detective Mike Mannix, de la po-
licía del estado de Illinois, también contestó amablemente a muchas preguntas relacionadas
con la investigación de un homicidio. El doctor James Tabor, profesor de Estudios Religiosos
en la Universidad de Carolina del Norte, en Charlotte, me proporcionó información acerca de
sectas y movimientos religiosos.
Leon Simon y Paul Reichs aportaron sus profundos conocimientos sobre Charlotte y la
historia de la ciudad. También estoy en deuda con Paul por sus valiosos comentarios sobre el
manuscrito. El doctor James Woodward, decano de la Universidad de Carolina del Norte, en
Charlotte, me apoyó de forma incondicional durante la redacción de este libro.
Debo un agradecimiento muy especial a tres personas. El doctor David Taub, alcalde de
Beaufort y notable primatólogo, fue extraordinariamente solícito a pesar de la andanada de
preguntas a la que fue sometido. El doctor Lee Goff, profesor de Entomología en la Universi-
dad de Hawai, en Manoa, nunca dejó de aconsejarme mientras yo le importunaba sin cesar
con preguntas relacionadas con las distintas clases de insectos. El doctor Michael Bisson, pro-
fesor de Antropología de la Universidad McGill, fue una referencia fundamental en relación
con esa universidad de Montreal y con cualquier cosa que yo necesitara saber.
Dos libros me resultaron especialmente útiles en la elaboración de esta historia. Plague:
A Story of Smallpox in Montreal, de Michael Bliss (Harper Collins, Toronto, 1991), y Cults in
Our Midst: The Hidden Menace in Our Everuday Lives, de Margaret Thaler Singer y Janja
Lalich (Jossey-Bass Publishers, San Francisco, 1995).
Agradezco profundamente los cuidados y protección que me brindan mi agente, Jenni-
fer Rudolph Walsh, y mis editoras Susanne Kirk y Maria Rejt. Sin ellas, Tempe sería incapaz
de contar sus historias.
ÍNDICE
Capítulo 1 ....................................................................... 5
Capítulo 2 ..................................................................... 18
Capítulo 3 ..................................................................... 28
Capítulo 4 ..................................................................... 38
Capítulo 5 ..................................................................... 49
Capítulo 6 ..................................................................... 57
Capítulo 7 ..................................................................... 68
Capítulo 8 ..................................................................... 76
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KATHLEEN J. REICHS
LA Huella del Diablo
Capítulo 9 ..................................................................... 84
Capítulo 10.................................................................... 94
Capítulo 11 ..................................................................102
Capítulo 12...................................................................116
Capítulo 13...................................................................129
Capítulo 14...................................................................138
Capítulo 15...................................................................144
Capítulo 16...................................................................156
Capítulo 17...................................................................166
Capítulo 18...................................................................176
Capítulo 19 ..................................................................189
Capítulo 20...................................................................200
Capítulo 21 ..................................................................209
Capítulo 22...................................................................218
Capítulo 23...................................................................225
Capítulo 24...................................................................237
Capítulo 25...................................................................244
Capítulo 26...................................................................251
Capítulo 27...................................................................258
Capítulo 28...................................................................267
Capítulo 29...................................................................275
Capítulo 30 ..................................................................283
Capítulo 31...................................................................291
Capítulo 32 ..................................................................298
Capítulo 33...................................................................305
Capítulo 34 ..................................................................315
Capítulo 35...................................................................324
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KATHLEEN J. REICHS
LA Huella del Diablo
Capítulo 1
Si los cuerpos estaban allí, yo no podía encontrarlos.
Afuera, el viento continuaba ululando. En el interior de la vieja iglesia, sólo el ruido que
hacía mi desplantador al rascar la tierra y el zumbido de un generador y un calefactor portáti-
les resonaban espectralmente en aquel enorme espacio. En lo alto, las ramas arañaban las ven-
tanas cubiertas con maderas, como si fuesen dedos rugosos y deformes sobre pizarras de co-
ntra chapado.
El grupo permanecía detrás de mí, muy juntos pero sin tocarse y con las manos metidas
en el fondo de los bolsillos. Podía escuchar sus breves movimientos de un lado a otro: un pie
que se levantaba, y luego el otro. Las botas hacían crujir el suelo helado. Nadie hablaba. El
frío nos había entumecido, sumiéndonos en un profundo silencio.
Un pequeño cono de tierra desapareció a través de la malla de red de un cuarto de pul-
gada mientras yo la esparcía suavemente con el desplantador. La consistencia granulosa del
subsuelo había sido una agradable sorpresa. Teniendo en cuenta las características de la super-
ficie, había esperado encontrar permafrost en toda la profundidad de la excavación. Sin em-
bargo, las dos últimas semanas habían sido extrañamente cálidas en Quebec, de manera que la
nieve se había fundido y la tierra se había ablandado. La típica suerte de Tempe. Aunque el
cosquilleo de la primavera había sido barrido por otra invasión de viento procedente del Árti-
co, ese suave receso climático había dejado la tierra blanda y fácil de excavar; bien. La noche
anterior la temperatura había descendido hasta los catorce bajo cero; no tan bien. Pese a que la
tierra aún no había vuelto a congelarse, el aire era helado. Tenía los dedos tan fríos que apenas
si podía doblarlos.
Estábamos cavando nuestra segunda zanja, pero en el cedazo sólo se recogían guijarros
y fragmentos de roca. A esa profundidad yo no esperaba demasiado, pero nunca se sabía. Aún
no había logrado completar a lo largo de mi carrera una exhumación que respondiese a las
previsiones.
Me volví hacia un tipo que llevaba una parka negra y una gorra tejida calada hasta los
ojos. Calzaba botas de cuero con cordones hasta la rodilla, y dos pares de calcetines asomaban
sobre el borde superior. Su cara era del color de la sopa de tomate.
—Sólo unos centímetros más. —Hice un gesto con la palma hacia abajo, como si estu-
viese acariciando el lomo de un gato—. Lentamente; debes ir lentamente.
El tipo asintió. Luego empujó con fuerza la pala de mango largo en la estrecha zanja,
gruñendo como Monica Seles al lanzar el primer servicio.
Par pouces! —exclamé cogiendo la pala con fuerza—. ¡Poco a poco! —Repetí el
movimiento que le había estado enseñando durante toda la mañana, como si estuviese cortan-
do rebanadas de pan—. Queremos extraerlo en capas finas. —Volví a decirlo en un lento y
cuidadoso francés.
Estaba claro que el hombre no compartía mi sensibilidad. Tal vez fuese a causa del abu-
rrimiento que producía aquella tarea, o tal vez la idea de estar desenterrando muertos. Sopa de
Tomate sólo quería acabar el trabajo y largarse de aquel lugar. —Por favor, Guy, ¿quieres
volver a intentarlo? —dijo una voz masculina a mis espaldas.
—Sí, padre —masculló el hombre.
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