TIMONELES (Helmsmen) www.lunasblancas.com R. Galofré
(Helmsmen)
CAPÍTULO I: LA PRIMERA MUERTE
Después de unos segundos de descanso, se levantó, subió la exquisita lencería blanca acomodándola rítmicamente a sus caderas, bajó la estrecha e insinuante falda de ejecutiva sensual. Abrochó pausadamente los botones de la chaqueta, que eran los únicos de su atuendo que habían sido liberados previamente de su ojal, y bajó la mirada dedicando unos segundos a observar el motivo de su forcejeo que allí reposaba en el acuoso lecho y que la miraba con expresión expectante. Sintió internamente la placidez que invade al haber culminado un trabajo arduo pero íntimamente deseado y, con el último botón, decidió que era hora de abandonar este clima tan especial, mezcla de ruidos y aromas profundos, que solamente se puede crear a la sombra de una actividad clandestina. El momento de salir había llegado, además tenía mucho trabajo que realizar. Presionó el pulsador de la cadena del váter y viendo cómo la escuadra de barcos procedentes de sus entrañas daban vueltas preparándose para ser embebidos por ese aterrador mundo de las cloacas, se dio la vuelta en el ínfimo espacio que las empresas dedican a esta actividad tan olorosa. Y se dispuso a abrir la puerta para volver al ruidoso mundo después de haber estado recluida en soledad eliminando tan íntimo producto.
El agua del inodoro empezó a salir pero, al contrario de lo que era de esperar, siguió sin intención de detenerse. La mujer miraba el suceso, con curiosidad primero, con sorpresa después y con inquietud, al fin, ya que se daba cuenta de que el líquido evacuador empezaba a desbordarse y que sólo lo impedía la gruesa arandela posa nalgas que, excepcionalmente, cumplía funciones de dique. La exclusiva flota de barcos tenía una clara misión y era emigrar hacia el suelo del habitáculo. Sin embargo, allí estaban, retenidos, pero no por mucho tiempo, a la espera del incremento del caudal necesario.
Ella empezó a sentir los primeros síntomas de pánico que predecían un ataque de nervios acorde a la situación, pero mantuvo la serenidad ya que inconscientemente sabía que, con salir y cerrar la boca, se ahorraría todas las enojosas situaciones que pudieran derivar de su estado actual. Echó mano al pomo de la puerta dirigiéndole una rápida mirada y sin descuidar el desarrollo de los acontecimientos. Cuando ¡horror! El invariablemente estúpido y minúsculo pestillo central que permitiría su salvación, como siempre ocurre, no volvió a su posición vertical. Persistió en su horizontalidad y esto indicaba que requería la presencia de su otra mano para hacer presión girando el pomo, a la vez que intentaba, por segunda vez, desbloquear el pestillo. Mientras tanto, a sus pies, una pequeña barca de pesca que por su tamaño reducido había transgredido el límite de lo decente y ya navegaba por el suelo del servicio, chocó contra el tacón de su zapato izquierdo como ocurre con una embarcación despistada y la roca apartada de un acantilado. La mujer no paraba de girar la cabeza, ahora al espectáculo acuoso, ahora al exasperante pomo que seguía sin girar sobre sí mismo. Nerviosismo bajo control, era lo que reinaba en su mente hasta que un súbito aumento del nivel del agua superó todas las barreras físicas y un aterrador desfile se desplegó a sus pies. Ella sabía que pedir ayuda a gritos para abrir la puerta era evidenciar una situación burlesca y que requeriría probablemente la presencia de un hombre, y por supuesto, de casi todos los comentarios de los demás compañeros de trabajo -que aprovecharían la ocasión para darle brillo al tan peligroso mordaz morbo masculino-. También, en su interior y como una premonición, sabía que, antes la muerte que pasar por todo esto.
Pasados un par de minutos, el agobio ya empezó a rozarla con niveles que nunca había sentido anteriormente. Fue entonces cuando vio lo que consideró superaba todo lo anterior: una fragata estaba cruzando los límites del habitáculo por debajo de la puerta para aventurarse al exterior. Nerviosamente intentó franquearle el paso ya que, el hecho de quedarse ridículamente encerrada, aún podía excusarlo con una buena dosis de humor; pero, que cualquier compañero de trabajo pudiera ver algo que evidenciaba tan irrefutablemente su procedencia y el camino seguido para su botadura, podía herir definitivamente su autoestima. No lo consiguió y como la flota era muy disciplinada, detrás de la aventurera le siguieron un buque de carga, dos o tres veleros y finalmente, aunque bastante rezagado, el gran trasatlántico. Inspiró, separó los labios para gritar, y... .
Y hasta aquí llegué a imaginarme lo que pasó. En esos momentos no se me ocurrieron más explicaciones coherentes para los sucesos posteriores.
Me presentaré, soy Manolo Boada, investigador privado especialista en sucesos epidemiológicos de la empresa Manolo & Otón y en el año 2021 estuve dirigiendo esta investigación por encargo del jefe de la policía, que dada la naturaleza del caso, requería de mis servicios. Mi primer paso fue desplazarme al lugar del crimen para ver si descubría alguna pista interesante y me encontré con los hechos siguientes: Mujer blanca (muy guapa), joven, de treinta y pico, vestía traje de ejecutiva (lucía encajes preciosos bajo la falda), muerta en el servicio de señoras de su empresa, no aparentaba que hubiera sido golpeada ni se observaba corte alguno. A destacar fue la increíble gran cantidad de productos desaprovechados por su digestión, hecho sorprendente y que, hasta ese mismo instante, creía imposible en una mujer y, si era bella, menos. De hecho tengo miedo de que me haya generado algún tipo de trauma irremediable.
Cuando entré en la escena de la tragedia todo el suelo estaba lleno de ello y era recogido por los oficiales de policía con claras referencias a la madre de la difunta. Existía un testigo que fue el que dio la voz de alarma y que era una compañera de trabajo llamada Eutimia Quebrado Rebollo, sin comentarios, que oyó cómo la sin vida pedía auxilio y que, al percatarse de que el problema estaba en la puerta y, después de sortear varias fragatas, decidió pedir ayuda. Tras darse la vuelta y dirigirse a la salida pensando cómo debía tratar el hecho, oyó un pavoroso y horrendo y horripilante y horroroso y apocalíptico y espantoso y espeluznante y aterrador y horrísono y monstruoso e imponente grito que procedía de la sin futuro, según sus propias palabras -por lo que concluí, era, la Quebrado Rebollo, una mujer que se expresaba usualmente de este modo tan detallado y amplio a la vez, para desgracia de sus compañeros de trabajo-.
Le faltó tiempo para salir corriendo y aprovechó, ya que la situación lo permitía, para pedir socorro a gritos. Acudió toda la empresa, principalmente los hombres, predeciblemente valientes y de acción, y después de las lógicas exclamaciones por el amplio despliegue de las fuerzas navales que flotaban en el suelo y que acosaban a cualquiera que se adentrase en la sala destinada a los servicios, abrieron la puerta atinando con un clip desdoblado en el agujero que lo permite, y el cuerpo de la mujer, ya sin vida, se desplomó en el acuoso suelo para susto de los presentes.
Ya no tenía nada más. Intenté recrear los acontecimientos anteriores a la hora de la muerte, tal y como te he contado, pero si fue por natural o por mano ajena y quién y por qué era un enigma. La mujer estaba felizmente casada, no se le conocía ningún “échame aquí unos polvitos” y su trabajo tampoco tenía ninguna conexión aparente con alguna razón para el asesinato. Yo tan sólo sabía que, tal como me relató Eutímia Quebrado Rebollo, sin comentarios, y el estado del suelo del servicio de señoras lo corroboraba, el agua no paraba de salir y más tarde todo funcionaba correctamente -apenas treinta minutos después pulsamos de la cadena, salió la cantidad justa y engullió todo lo posible-. Hasta un operario repasó la instalación y dictaminó, previo pago de una cantidad monstruosa de dinero, que todo estaba en perfecto estado.
-Estas cosas ya las acostumbran a hacer estos dichosos artilugios comedores de emisiones humanas- diagnosticó el experto.
Salí de la empresa un poco perturbado por la belleza de los encajes y decidí distraer mis instintos a base de un poco de pesas. Pasé por mi casa para recoger el correo y la bolsa de deportes. Seguidamente me dirigí con el alma repleta de buenas intenciones a sufrir un rato levantando, estúpidamente, un montón de hierro -costumbre que reconozco bastante peculiar, pero que compensa, o por lo menos así creo y espero-. Las pesas transcurrieron como siempre, pero algo raro ocurrió cuando estaba apunto de introducirme en la sauna. Al levantar la pierna para entrar noté como si una corriente fría recorriera los dedos de mis pies y un silencio repentino invadiera la estancia. Para horror mío, eran verdad mis más profundos terrores, Mariano Fernández el Bipelma se había apuntado a mi gimnasio y me dirigía una exagerada sonrisa desde el fondo como invitación a intercambiar estupideces. Era uno de esos momentos en que un infarto representaría más una liberación que una catástrofe:
-Hola Mariano, ¿qué tal?, -dije sin mucha ilusión, a lo que me contestó:
-Muy bien, yo diría maravilloso pero, ¿te acuerdas de Juan Jofré? Sí, hombre, el pequeñito con la cosa larga, sííí. El que estaba desesperado por Mariola Isidro, la duermegallinas. ¿Te acuerdas de cuando fuimos de safari a la costa y encontraste a ...........................? .
Yo hasta este momento aguanté como un jabato por respeto a su mujer, que estaba de muy bien ver, pero superó rapidamente mi resistencia y dejé de escuchar.
De vez en cuando asomaba en mi consciente alguna frase como la de: -como ya sabes he bautizado a mi pequeñín como “Romualdo”, en honor a su madre adoptiva-, lo que me provocaba una huida inmediata de vuelta al plano inconsciente. No sé si duró mucho o muchísimo, pero como todo no es eterno y las torturas menos, me pareció, por los gestos, que se estaba despidiendo, a lo que murmuré:
-Ha sido un grato placer volverte a ver.
Miré el reloj y eran treinta minutos más tarde. Treinta minutos de mi vida habían sido robados por Mariano Fernández el Bipelma. Era una realidad a afrontar y que requería una reacción a la medida de la agresió. Así que, me comuniqué por el interfono con aquel ser arropado por una desbordada masa muscular y dueño del gimnasio, para preguntarle por los hábitos y horarios del temido. Cuestión de supervivencia pura y dura.
También era cuestión de vida o muerte el salir de la sauna que con tanto no consciente, no era, evidentemente, consciente del rato que llevaba y ya superaba con creces el límite recomendado, provocándome un flojeo de los miembros inferiores con el consiguiente sentimiento desagradable de ridículo.
Por cierto, no me duché con la protocolaria cinco grados centígrados por la única y poderosa razón de que ¡No soy de los que caen en la estupidez de sufrir el shock térmico! Si me preguntas el porqué, puedo responderte simplemente y llanamente con un ¡no tengo el suficiente valor!
Después de asegurarme que no me estuviera preparando una emboscada, salí de los vestuarios y, por suerte, sólo me interceptó el abultado deportista para corresponder a mis peticiones relativas al Bipelma. Mientras me detallaba el horario en el que bajo ningún concepto debía poner un pie en el gimnasio, me vinieron a la memoria las veces que he presenciado la reacción de sorpresa que sufrieron ciertos personajes de ambos sexos cuando descubrieron que, debajo de esos muchos kilos de músculos, había una mente y, por cierto, muy lúcida. Mala costumbre la de colgar etiquetas antes de tiempo, especialmente, y esto puedo certificarlo en este caso en particular, para las que se consideraban de elevado grado intelectual.
Con la información bien memorizada, salí a la calle con la clara intención de seguir con mi investigación. Como no conocía la causa de la muerte y era estúpido empezar a divagar sobre las mil formas de realizar un crimen contra una mujer preciosa en un lavabo público y con lo que ya sabes flotando por el suelo, decidí, sin mucha determinación, pasear dirección a mi casa he intentar no pensar en ello hasta el día siguiente en el que me darían el resultado de la autopsia.
No lo logré y mi imaginación empezó a jugar con mi mente: supongamos que fueran unos extraterrestres que desearan eliminar a los habitantes de la tierra para utilizarla como mundo destinado a pasar las vacaciones, igual a como lo hacemos nosotros con muchos insectos y algún mamífero cuando reunimos el dinero suficiente para construirnos una casa encima de su morada. Pues bien, ellos decidieron eliminar a estos seres tan molestos, o sea, a nosotros, y diseñaron unos aparatitos que lanzados en los lavabos tenían la misión de destruir a la raza humana guiados por el olfato.
-Creo que tiene muchos puntos débiles esta teoría -recapacité.
Pero, ¿y si estos extraterrestres fueran como gusanillos acuáticos y se metieran por cualquier orificio humano que encontraran, que sólo pudieran vivir en sitios húmedos y que lo de la mujer muerta fuera un asesinato perpetrado por ellos? Es fácil imaginar la manera en que se introdujeron en el intestino de la víctima y también es sencillo seguirle el camino hígado arriba, torciendo por algunas venas para, después de luchar con algún macrófago muy desarrollado, llegar al corazón. No quiero ni pensar qué pueden hacer unos gusanillos en este órgano, pero empieza a estar todo claro, el crimen de la lencería de encaje en el lavabo fue perpetrado por los marcianos. A lo mejor están sucediendo casos parecidos por todas partes y yo sin enterarme. A lo mejor estos waterianos -que es como les he bautizado por su procedencia-, después de hacer no sé qué con el corazón de sus víctimas, se apoderan de la mente y a las 12 horas vuelven a la vida a sus reservorios, levantándose de sus tumbas cuales zombies. A lo mejor esto fue debido a que hubo uno, el primero, que pasó por aquí y por casualidad fue a parar al cuerpo de una exquisita mujer y después de descubrir el truco de la resurrección, se puso a funcionar como un loco gozando de su nuevo envoltorio. Seguro que cuando llegó de vuelta a su galaxia lo contó todo y ahora ya los tenemos de turismo sexual en nuestros cuerpos.
Ya empezaba a preguntarme muy seriamente sobre mi salud mental cuando, al fin llegué a casa. Como siempre, dejé las llaves en un precioso platillo regalo de comunión y, después de sacarme la corbata, la camisa y los pantalones, me dirigí a la cocina apartando la mirada de un espejo que hice colocar cuando era más joven y delgado. Me negaba y me niego a aceptar la derrota en el monólogo con la edad, y digo monólogo porque por más que yo le dé argumento de peso para mantenerme joven, ella sigue fría, distante, callada y terriblemente terca.
Después de cocinarme unos “no sé qué de algo que parecía no sé qué”, con un cierto gustillo a pescado, me acosté. O por lo menos lo intenté, ya que los gusanillos waterianos no dejaban de importunarme y llevaba demasiadas horas sin pisar un servicio. Además, la cerveza que me había tomado daba su do de pelvis en esos momentos. Decidí, pues, hacer un favor a las flores de mi vecina, confiado de que de allí no saltarían miles de fideos dentudos para introducirse en mis virginales agujeros y, por lo tanto, era un lugar seguro.
Entre sueños de encajes y espaguetis cabroncetes pasé la noche hasta que una llamada a primera hora me despertó. Activé el teléfono y oí una voz masculina que me decía dulcemente:
-Morirás.
Y repetía con sensualidad.
Este despertar pudiera haberme matado de verdad si no fuera porque ya estaba acostumbrado al servicio de despertador que el casero de mi edificio ofrecía gratuitamente a sus inquilinos a cambio de que le dejáramos probar nuevos sistemas psicológicos de recuperación de la consciencia. Éste, el arrendador, era un hombre bastante mayor con una vida en su haber muy inquieta y aventurera. Resulta que, después de negocios no muy transparentes, compró un edificio y decidió pasar la última época de su vida gestionando la propiedad en que se me había ocurrido alquilar un apartamento. Pasado un tiempo vio que tenía mucho tiempo libre y, por una desastrosa casualidad, le cayó en sus manos un libro sobre psicología y por aquello de no aburrirse, ocupó el tiempo libre que daba su trabajo en ser un amante de la psique. La estudió con tesón día y noche, pasando a ser el sustituto de sus ansias de nuevas sensaciones. El único inconveniente es que los inquilinos, a cambio de cierta relajación en el pago, nos hemos convertido en sus conejillos de indias y, aunque la mayoría de las veces tienen gracia sus embolados, hay otras en que lo utilizaría como reservorio pasivo en algún caso mío de disentería aguda.
-Ya va Marmitóooooon, -y alargué expresamente la o para que se enterara de que estaba hasta los innombrables de su: -Morirás, en tono sensual.
Marmitón es el nombre que poco a poco ha ido emergiendo de todos los arrendatarios después de conocerle sus inclinaciones y con el que le apodamos por aquello de los druidas, la marmita y las pócimas.
Desayuné patatas de churrero y cerveza sin gas y bajé a por el periódico.
Las estupideces de siempre: por un lado el político, por otro, el deportista y en medio el intelectual. Todo arreglado. Repasé las películas que podía seleccionar en la televisión y miré, por encima, el horóscopo que me decía algo sobre que se me haría realidad una intuición del día anterior. “Los waterianos han invadido la tierra”, pensé que aparecería en algún titular, así que fui pasando hoja tras hoja, riéndome de mi estupidez, pero con cierto miedo inconsciente. No encontré este texto, pero sí que leí otro que decía: Hombre maduro muere en un lavabo público.
No lo pensé más, cogí mi coche y me presenté en el lugar de esta segunda muerte. Por el camino repasé mentalmente lo que decía la nota de prensa sobre una extraña obturación de las cañerías. ¿Será un complot de los técnicos en volúmenes acuosos, o sea fontaneros?
De hecho, es agradable llegar a estos minúsculos habitáculos de los servicios unipersonales cuando las necesidades apremian, aunque menos entusiasta es la usual sorpresa que te encuentras al levantar la tapa o al asomar la mirada al evacuatorio si ésta ya está abierta, pero, en fin, esta es una más de las incomodidades que debemos superar con tal de que se nos permita ocupar el tiempo trabajando. Seres con tan poca eficacia en la transformación de alimentos como nosotros deberían campar libres por la autorreciclable naturaleza; siempre que, claro está, se hayan eliminado previamente otros productores de contaminación como las industrias y las motos ruidosas, especialmente las de poca cilindrada.
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Esta segunda muerte era idéntica a la primera, salvo en que no había encaje a la vista ¡qué pena!, ya que era un hombre barrigudo y calvo. Volví a encontrarme con la misma flota que vi en el primer caso, aunque los barcos eran de distinto calado y, distintos eran también los policías que se dedicaban, eso sí, a la misma actividad que en el anterior y con idéntica actitud acerca de la madre de la víctima. Era muy curioso que en esta ocasión no hubo atasco de la puerta y que el descansado difunto había salido fuera y que algo o alguien le hizo volver a observar atentamente lo que ocurría en el reducido habitáculo, cayendo fulminado segundos después -según declaró un empleado de la limpieza que estaba allí observando atónito la invasión de la escuadra, tan numerosa como barriga poseía la víctima-. El trabajador también explicó que mientras estaba en pleno shock, debido al súbito incremento de trabajo que se le presentaba, oyó un "gritón" (por suerte este testigo no era tan explícito como nuestra amiga Eutimia Quebrado Rebollo, aunque un poco más leído no hubiera ido mal), fue corriendo al apartado de los boxes y llegó a tiempo para ver cómo caía de espaldas el ya sin vida.
Volvió el fontanero a llenar sus ya repletos bolsillos y dictaminó como quien es poseedor de la sabiduría que le da el poder, que no le pasaba nada a las tuberías ni al retrete. Hice tomar muestras de todo y especialmente del agua de la taza porque parecía que éste era el origen.
Salí de la olorosa escena del crimen para entrar en otra no menos olorosa y desagradable, la sala de necropsias. Allí me esperaba el médico forense para comunicarme que, aparte de que le hubiera gustado haber visto a la señora y a sus encajes en vida, cosa que me extrañó ya que le tenía por un necrófilo de bien, no aparecía ninguna causa externa que le provocara la muerte. Sin embargo, continuó explicando, había una causa interna muy clara y era que la señora había muerto de una parada cardio-respiratoria producida por algo que aún estaba por determinar. Enviaría muestras al laboratorio y tardaría en conocerlo por lo menos dos días, pero existía la posibilidad de que fuera una sustancia neurotóxica muy potente. También me comentó que se apreciaba una alteración de la mucosa del intestino grueso, muy cerca del esfínter y que, por sus características, parecía producida por un parásito.
Esto quería decir que aún seguía en pie mi posible invasión de los waterianos, aunque la teoría del submarinista con una jeringuilla que me acababa de inventar en ese mismo instante no era de despreciar y no estaba mal como argumento para un libro policíaco.
Le pregunté acerca del nuevo cadáver y me contestó que, como no había lencería de encaje, lo aplazaría hasta el día siguiente, argumento que me dejó sin fuerza moral para obligarle a adelantar la necropsia. Así que salí y estuve deambulando por las calles dándole vueltas a la teoría del submarinista y de las visiones que debería de tener en el ejercicio de su perturbación: unas agradables, otras no tanto, pero todas ellas muy íntimas. A lo mejor le surgieron sus ansias de eliminar a seres humanos de esta forma tan peculiar cuando su padre fue despedido de una gran empresa porque era el creador de una potente y minúscula cámara de vídeo y no deseaba que se utilizara para fines militares. Este hecho provocó en su progenitor unas ansias incontenibles de venganza y colocó sus artefactos en los puntos clave de todos los servicios para luego vender las imágenes de sus excompañeros y compañeras, principalmente estas últimas, por Internet. Esta obsesión del cabeza de familia y que él vivió en su casa, junto a una indescriptible capacidad para el contorsionismo y el desprecio de las mujeres por su enclenque físico, fue el caldo de cultivo para tan curiosa venganza.
Sólo faltaba en mi hipótesis resolver el inconveniente de cómo podía obtener el tóxico que ponía en la jeringuilla, pero caí en la cuenta de que cualquier película es un amplio manual sobre mil formas de matar, por lo tanto, la anoté mentalmente como una teoría posible.
Por suerte estaba llegando a la casa de la primera víctima.
-Aún no sé cómo logro solucionar casos teniendo esta imaginación. Será que a base de suponer, alguna acierto -me dije al entrar.
La entrevista, que no pienso relatar por respeto al señor y a la víctima, no trajo nada nuevo a la investigación. Era una familia normal sin hijos, ambos ejecutivos y con un buen nivel de vida. La víctima no tenía vicios conocidos ni se le había notado nada especial en los últimos días. Di mi más sincero pésame al condolido ya que por mucho que me crean desaprensivo por lo de los encajes, en mi profesión, en la que los cadáveres aparecen cada día y para que deje de ser importante la muerte, se buscan argucias para menospreciarla como es la de ignorarla. Teniendo en cuenta esto, ¿qué hombre no se fijaría en una lencería bien colocada?
Cuando salí ya eran más de las siete y pensé que un día tan apacible como el de hoy con sólo un muerto, una visita a necropsias y el haber estado con un hombre destrozado por el dolor, se debía rematar con más dosis de pena y decidí ir a hablar con la viuda de la segunda víctima. Llamé a la central de policía para pedir su identificación y, para grata sorpresa mía, era un divorciado y su mujer vivía en Argentina. Espléndido, no tendría que pasar por una sesión de autorreestructuración moral como la que debo practicarme después de cada entrevista con los parientes del muerto.
La casa del difunto era la típica de un separado, con el orden frío y la falsa atmósfera de hogar que crea la visita dos veces por semana de una sirvienta que hace la comida, la ropa y lo ordena todo a su modo. No vi nada a destacar: las típicas fotos del muerto cazando; cientos de películas de porno virtual de mediana-alta calidad según mi humilde opinión; unas cuatro decenas de botes de conserva; la nevera prácticamente vacía de comida pero llena de bebida; una cama con lucecita de esas que se atenúa la intensidad; dos paquetes de 32 preservativos sabor a plátano y en una caja bien escondida pero curiosamente a mano, las fotos de su ex mujer.
-Es dura la vida –sentencié pensativamente.
Salí más desmoralizado que nunca ya que esta casa era un calco de la mía y me fui a conocer a la sirvienta -por si le quedaban unas horas semanales libres en su agenda-. Era una mujer de cincuenta años pasados, fuerte, gorda y peleona, pero educada y afable. Me ofreció unos pastelitos buenísimos que me animaron a preguntarle por su salario y si le iría bien cruzar toda la ciudad para cuidar de mi casa ahora que tenía un cliente menos. Una joya así no debía dejarla escapar. Quedamos en llamarnos; es un buen inicio; estaba ilusionado.
Volví a casa intentando responder, en nombre de la señora de la limpieza, las preguntas sobre el muerto que no le había hecho. Después de cenar en un bar unas tapas de aceitunas con mayonesa fui a sacar a Otón, que es mi perro, un precioso Fox Terrier y al que le tengo tanto cariño que lo he metido a socio. Un poco cabroncete y orgulloso sí que lo es, de hecho nos tenemos aquello de “sin ti porque me muero y contigo porque me matas”, pero creo que en el fondo nos queremos.
Dimos un largo paseo con atraco incluido y al volver tuve la mayor de mis sorpresas, y he tenido muchas, por suerte. Primero no le di importancia, pero conforme me aproximaba un terrible presentimiento iba apoderándose de mí. A cada paso mi sentido de la vista me lo confirmaba más y me invadía una terrible, apabullante y creciente congoja que me aconsejaba salir corriendo en dirección opuesta. Mis piernas no reaccionaron a la sensatez y seguí, cual autómata, acortando la distancia hacia la tercera dimensión.
CAPÍTULO II: CUESTIÓN DE ENCAJES
Creo que ni el divorcio con mi ex mujer no me produjo tanto efecto como este encuentro. Mi corazón exclamó a gritos que la visión que contemplaba excedía su cuota de trabajo diaria, y que si no me relajaba, dejaría de suministrar alimento a mis neuronas. Así que decidí, por el bien de las pocas que me quedaban, no sacar conclusiones antes de tiempo. Saludé a la visita afablemente como quien da los buenos días a la vecina y la hice pasar a mi despacho. El hecho de que Otón no se pusiera furioso y no sacara espuma por la boca o huyera despavorido, también me ayudó.
La invité a café antes de que dijera ni una palabra y huí a la cocina para prepararlo, aprovechando estos minutos para dar un respiro a mi garganta que con tanta obstrucción, parecía cubo de basurero.
Debo reconocer que, por necesidades del trabajo, hace tiempo que practiqué unos agujeros muy bien disimulados en la pared que da al despacho con el fin de observar a los clientes y deducir algo más de su personalidad. Es práctica habitual en mí dejarlos un rato solos e ir corriendo a comportarme como un “voyeur”. Y así lo hice. Puse la cafetera en el fuego y me dispuse a espiar qué pasaba en la habitación contigua: si estaba flotando cual bruja, despegándose la cara cual zombie, succionando el miembro de algún demonio o sacaba algún artilugio y se comunicaba con sus parientes los waterianos.
Nada de eso, la primera víctima –la de los encajes bajo falda- estaba sentada en mi despacho, respirando a pleno pulmón, toda ella muy bella y aguardando a que yo apareciera. La mujer observaba todos los rincones de la habitación, entreteniéndose en dibujar con el dedo en el polvo de la mesa de despacho que, como podéis suponer por la reacción que tuve con la señora de la limpieza del barrigudo muerto, era mucho. Su actitud –espalda recta, frente relajada, perfil curvilíneo…, muy curvilíneo- entraba en los márgenes de la normalidad hasta que, en lo que se tarda en decir amén, la cosa cambió radicalmente: comenzó a moverse inquieta en la silla; su mano, que antes jugueteaba alegremente, aplastó los surcos que había trazado en el polvo de la mesa; su nariz, antes perfilada y apacible, fue pasto de sus propios dedos que la estrujaron impulsivamente. A partir de ese instante, la crispación se adueñó de sus actos. Yo ya estaba terriblemente nervioso. Ella, rígida como una estaca, dirigía miradas fugaces e inquietas a la puerta, como si temiera que alguien entrara antes de haber sufrido totalmente la metamorfosis en, vete a saber que cosa. Yo, aterrorizado, temí lo peor. Ella, poseída por convulsiones y babeos –o por lo menos es lo que me pareció-, hizo un intento de levantarse, pero desistió. Yo ya me veía realizando algún tipo de exorcismo o intentando correr más que mi sombra en la huida; cuando..., para estupor mío, se puso de pie de golpe como si de una diosa poseída se tratara, y levantó su falda para ordenar la minúscula lencería blanca que llevaba. Esta escena, que de por sí ya da para mucho, tuvo una continuidad aún más espectacular ya que, para eterna satisfacción de mis ojos, se dedicó, con la sencillez de un acto cotidiano, a aleccionarme de como una deseable mujer endereza el trozo de tela que, traviesamente, se le ha escondido entre los pliegues de su entrepierna menos intelectual.
¡UAAAAAAAUUUUUU! Mi corazón dijo basta y creo que me desmayé ya que recobré la consciencia en sus brazos. Resulta que al oír el golpe que me di contra el suelo fue a buscarme y me encontró inconsciente. Yo, al tenerla tan cerca de mi cara, esperaba que una lengua bífida saliera de su boca y agarrara la mía para arrancármela de cuajo, cuando me dijo mirando a los agujeros:
-Sr. Manolo, no es costumbre de personas educadas el espiar a las mujeres en sus momentos más delicados.
A lo que respondí:
-Sra. Muerta, no debería ser costumbre entre los zombies el llevar tal lencería y tan bien puesta, que aun sin vida, es de seres decentes el no provocar infartos a los vivos.
Me besó en la frente con unos cálidos y carnosos labios y dejándome en el suelo se incorporó y se fue a sacar la cafetera del fuego que estaba a punto de expansión, y sirviendo dos cafés, empezó a relatar su historia.
Se llamaba Airón y era la hermana gemela de la primera víctima. Su familia procedía de un pequeño pueblo en el que ella ejercía de veterinaria y que amaba por encima de todos los placeres que la gran ciudad podía ofrecerle, pero que lo había dejado atrás temporalmente, porque sentía la imparable necesidad de conocer quién fue en vida la víctima, cómo pensaba y cómo obraba. La muerte de un familiar tan cercano no parecía que hubiera hecho mucho destrozo en ella, pero me lo aclaró contándome que hacía más de treinta años que habían sido separadas y adoptadas por familias diferentes.
Pregunté con una mal disimulada doble intención:
-¿Tan fuerte es esta necesidad entre gemelas para dejar marido e hijos en un apacible pueblo e ir a parar a un sucio despacho de un investigador? Y ella me contestó, para gloria y alabanzas de todos los dioses, vírgenes y santos, que no existían tal marido e hijos.
Como uno ya es gato viejo y me noto cuando se me sube el guapo vacilón, intenté que el acto instintivo de retocar con la mano mi imagen, fuera lo más disimulado posible; hinché pecho, escondí barriga, enderecé la camisa y pregunté con aire profesional por el motivo de su visita.
-¿En qué puedo servirla? –y se me ocurrieron varias posibilidades.
-¿Ha sido asesinada? –me respondió preguntando a su vez.
-¿Por qué cree que lo ha sido? –dije sorprendido.
-Corren rumores muy extraños sobre su muerte.
-No lo sabré seguro hasta mañana –respondí, en vez de desmentirlo rotundamente como mi profesión me obligaba.
Entonces se levantó, salió de la habitación para sorpresa mía y antes de que pudiera decir “pero ¿dónde está?”, entró y de pie frente a la mesa dejó un sobre encima con estas palabras:
-Espero que me tenga al corriente, dentro de él tiene la dirección del hotel en que me hospedo. No saldré de esta ciudad sin saberlo todo sobre la muerte de mi hermana.
Y se fue. Estuve un rato embelesado por su imagen que aún flotaba en el aire, dejando que mi vista vagara por la mesa hasta que me di cuenta de que el sobre abultaba demasiado para contener solamente una dirección. Lo cogí interesado por si había caído algo extra y leí la nota que estaba escrita en el dorso: “Quien es capaz de perder la conciencia con solamente la visión de mis prendas íntimas, se merece poseerlas”.
Y lo que escondía el envoltorio era ese maravilloso, deslumbrante, milagroso, sorprendente, pasmoso, admirable, asombroso, majestuoso, espléndido, soberbio, mágico, quimérico, fantástico, prodigioso y fascinantemente oloroso trapito femenino que había visto con mis propios ojos estar amparado en tan acogedor lugar.
Siento que la forma de expresarse de Quebrado Rebollo haya influido en mí para esta descripción, pero creo que la situación se merece este despliegue tan amplio de adjetivos a su estilo. Lástima que mi conocimiento de la lengua castellana no sea tan profundo como el de un escritor y sólo consigo esbozar el intenso desborde de emoc...
afranusieki